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lunes, 23 de octubre de 2023

Confabulación Grupal en el trabajo. Cuándo es acoso moral y cómo superarlo

 


La relación entre el individuo y la sociedad resulta compleja y no son escasos los procesos en los que la lucha por el poder se enmascara mediante fórmulas morales perversas.

En su trabajo de 1998 titulado El acoso moral, la terapeuta Marie-France Hirigoyen presentó un análisis extremadamente clarificador acerca de cómo en nuestro alrededor se destruye a alguien de manera sutil, empleando solamente palabras, insinuaciones, rumores; esto es, mediante una violencia perversa a la que ella denomina “Acoso Moral”, o  mobbing anglosajón. (Según el estudio de la OIT, el término inglés bullying equivale a novatada y se dan cifras de casi el 10%, en tanto que el término mobbing se refiere a persecuciones colectivas sobre un individuo en particular)

Hirigoyen analiza la presencia de este fenómeno en la vida cotidiana, sea en el ámbito privado o en el lugar de trabajo; disecciona en qué consiste, las características del agresor, de la víctima, y también las consecuencias para la víctima y su entorno.

A continuación presento un resumen de sus conceptos sobre acoso moral en el ámbito laboral, y resulta clarificadora su distinción entre acoso y conflicto evidente, así como el papel crucial de individuos perversos en su inicio y desarrollo.

 

Definición de acoso moral

El acoso consiste en una violencia insidiosa, fría, solapada, tanto más peligrosa cuanto que es casi invisible. Se nutre de pequeños ataques repetidos, a menudo sin testigos, a veces no verbales, o ambiguos, por ser susceptibles de doble interpretación. Cada ataque por separado no es verdaderamente grave.

Pero es el efecto acumulativo de estos microtraumatismos frecuentes y repetidos  por parte de un grupo sobre un individuo en particular lo que constituye la agresión.

El grupo procura excluir a una persona de una comunidad privándola poco a poco de su identidad, su papel, su función, su categoría, su imagen, “desintegrándola socialmente”, anulándola simbólicamente.

Hirigoyen aclara que se trata de una noción subjetiva, donde hay que tener en cuenta por un lado la actuación perversa de un grupo de personas y por otro las consecuencias sobre la salud y la dignidad de la víctima.

Todos los medios son buenos para el acosador que busca la destrucción de la persona elegida, aun a riesgo de adoptar comportamientos perjudiciales para los objetivos y los intereses de la organización.

 

¿Quién, cómo y dónde surge?

En el caso del acoso moral en el ámbito laboral, es interesante prestar atención a los mecanismos de la perversión moral que construyen el acoso.

Según Hirigoyen, las víctimas de acoso no son personas afectadas por alguna patología o particularmente débiles.

 Por el contrario, el acoso empieza cuando una víctima reacciona contra el autoritarismo o no se deja avasallar. Su capacidad de resistir a pesar de las presiones es lo que la señala como blanco. 

·         El acoso se vuelve posible porque viene precedido de una descalificación de la víctima por parte del perverso -que el grupo ha aceptado primero, y luego avalará-. Esta depreciación de la víctima justifica posteriormente la crueldad que se ha ejercido contra ella y conduce a pensar que se merece lo que le ocurre” (p.50).

Sin embargo las víctimas no son holgazanas, sino todo lo contrario. A menudo son personas escrupulosas, dedicadas a su trabajo, perfeccionistas, que desean ser impecables. En cierto modo se utiliza un proceso semejante al de la profecía que se cumple a sí misma:

·         “Cuando el proceso de acoso se instaura, la víctima es estigmatizada: se dice que el trato con ella es difícil, que tiene mal carácter, o que está loca. Se considera que su personalidad es la responsable de las consecuencias del conflicto, y

la gente se olvida de cómo era antes o de cómo es en otro contexto

·         . Una vez que a la víctima se la saca de sus casillas, no es extraño que se convierta en lo que pretenden convertirla. Una persona acosada no puede rendir al máximo de sus posibilidades. Presta menos atención, se muestra ineficaz y da pie a que se critique la calidad de su trabajo. Llegados a este punto a los compañeros les resulta fácil separarse de ella, dada su incompetencia o su falta de profesionalidad” (p.51).

 

Las causas pueden ser diversas. Los grupos soportan mal la diferencia: A veces el acoso es suscitado por un sentimiento de envidia respecto de alguien que posee algo que los demás no poseen, o bien entre compañeros por enemistades personales, o como forma de competencia en la que un protagonista intenta destacar a costa del otro.

Entre individuos rivales es legítima una lucha por el poder, pero siempre que se trate de una competición en la que todos tengan su oportunidad.

 

 Resulta clarividente la exposición de Hirigoyen sobre las maniobras perversas de confabulación:

·         “Cuando un individuo perverso entra en un grupo, tiende a reunir a su alrededor a sus miembros más dóciles con la idea de seducirlos. Si un individuo se niega a alistarse, el grupo lo rechaza y lo convierte en chivo expiatorio. De este modo, entre los miembros del grupo, se crea una relación social en torno a la crítica común de la persona aislada, y en torno a los cotilleos y los chismes. En este punto, el grupo ya se halla bajo la influencia del perverso e imita su cinismo y su falta de respeto. No se puede decir que estos individuos hayan perdido todo su sentido moral, pero, al depender de una persona sin escrúpulos, han perdido todo su sentido crítico.

·         Stanley Milgram, un psicólogo social norteamericano, estudió, entre 1950 y 1963, el fenómeno del sometimiento a la autoridad. Su método era el siguiente: 'Una persona acude a un laboratorio de psicología en donde se le ruega que ejecute una serie de acciones que van a entrar progresivamente en conflicto con su conciencia. La cuestión estriba en saber hasta qué punto preciso seguirá las instrucciones del experimentador antes de negarse a ejecutar unas acciones determinadas'. En su conclusión, establece que 'personas normales, carentes de toda hostilidad, pueden convertirse, cuando trabajan, en agentes de un proceso atroz de destrucción'. Christophe Dejours, que habla de la trivialización social del mal, ratifica esta observación. Efectivamente, hay individuos que necesitan una autoridad superior para alcanzar un cierto equilibrio. Los perversos utilizan esta docilidad en su propio beneficio, y la usan también para hacer sufrir a los demás.

·         El objetivo de un individuo perverso es acceder al poder o mantenerse en él -para lo cual utiliza cualquier medio-, o bien ocultar su propia incompetencia. Para ello necesita desembarazarse de todo aquel que pueda significar un obstáculo para su ascensión, y de todo aquel que pueda ver con demasiada lucidez sus modos de obrar” (p.63).

 

 Inicio y retroalimentación del perverso proceso de Confabulación Grupal

 

Se hace necesario distinguir el acoso de los conflictos que surgen en cualquier grupo.

Dentro de cualquier grupo, es habitual que se dé una manifestación de conflictos. Un comentario hiriente en un momento de nervios o de malhumor no es significativo, sobre todo si a continuación se piden disculpas.

Pero es la repetición de las vejaciones, de las humillación, sin que se haga el menor esfuerzo por matizarlas, lo que constituye el fenómeno destructor.

En un primer momento, las personas afectadas no quieren ofenderse y se toman a la ligera las primeras puyas y vejaciones. Luego los ataques se multiplican y la víctima se ve acorralada repetidamente, en situación de inferioridad, sometida a maniobras hostiles y degradantes durante mucho tiempo.

Debido a todas estas agresiones la víctima no se  derrumba inmediatamente pero va perdiendo una parte de sí misma. Cada tarde vuelve a casa sintiéndose usada, humillada, degradada.

Cuesta mucho recuperarse.

Cuando surge el acoso, es como una máquina que se pone en marcha y puede machacarlo todo. El grupo tarda en reconocer un fenómeno que causa espanto, porque es inhumano, sin estado de ánimo y sin piedad.

 

El entorno profesional, por cobardía, por egoísmo o por temor, prefiere mantenerse al margen. Una vez puesto en marcha este tipo de interacción asimétrica y destructora, no hará más que ampliarse a menos que un elemento externo intervenga con energía con el propósito de introducir cambios en el sentido de la trayectoria.

No caben dudas que una situación de violencia perversa suele anestesiar a la víctima, la cual no mostrará entonces más que lo peor de sí misma.

Se trata de un fenómeno circular. De nada sirve en ese caso tratar de averiguar quién ha provocado el conflicto. Incluso se llegan  a olvidar las razones del conflicto, o cómo era la víctima antes de iniciarse la espiral destructiva:

El agresor alimenta comportamientos deliberados encaminados  a provocar ansiedad en la víctima, lo que genera en ella una actitud defensiva, a su vez generadora de nuevas agresiones.

Tras un determinado periodo de evolución del conflicto, se ponen en marcha fenómenos de fobia recíproca: la visión de la persona odiada desencadena una rabia fría en el agresor, la visión del perseguidor provoca en la víctima una reacción de temor. Es un reflejo condicionado agresivo o defensivo.

El temor desencadena en la víctima comportamientos patológicos que servirán de disculpa para justificar retroactivamente la agresión. Muchas veces la víctima reacciona de manera vehemente y confusa.

Cualquier medida que tome, cualquier cosa que haga servirá para que sus perseguidores la vuelvan en su contra.

Después de todo, el objetivo de la maniobra perversa es dejarla desconcertada, inducirla a la confusión total y a cometer equivocaciones.

 

Distinguiendo entre acoso velado y conflicto evidente:

 

Según lo describe Hirigoyen  es preciso no confundir al acoso con el estrés, o con los conflictos que suelen surgir entre las personas.

Lo que distingue el acoso moral del conflicto es el carácter no explicitado del primero.

 

-¿Acoso grupal o estrés por sobrecarga?

Tal como describe Hirigoyen, en el estrés, al contrario de lo que sucede con el acoso, no hay intencionalidad malévola.

No hay que confundir exigencias laborales para optimizar la eficiencia laboral de todo el grupo, del acoso moral que se dirige sobre una persona en particular.

La gestión con estrés a veces genera consecuencias desastrosas para la salud. En cambio, ya hemos visto cómo el acoso moral se dirige específicamente a una persona. Esta violencia no es útil ni a la organización ni a la buena marcha de la empresa y, en último término, produce el resultado contrario.

 

Conflictos

Conviene igualmente distinguir el acoso insidioso de un conflicto en el que se manifiestan los reproches (en cierto modo, se ha declarado la guerra).

Hirigoyen sostiene repetidamente que si hay acoso moral, es precisamente porque no ha conseguido brotar ningún conflicto,  quedando velado y sin explicitar.

 Hirigoyen también señala que es preciso igualmente distinguir el acoso moral de:

- el maltrato por parte de la dirección

- Malas condiciones de trabajo

- Mala gestión de las personas

 Según Hirigoyen el acoso moral encuentra su caldo de cultivo en empresas desorganizadas, mal estructuradas o deprimidas, o empresas indulgentes que cierran los ojos ante tales conflictos, o bien los promueven al definir mal las funciones, tener un clima de organización inestable, o falta de consensos imprescindibles.

 Hirigoyen considera que, aunque el acoso en el ámbito laboral sea un fenómeno tan viejo como el mismo trabajo, sólo a a partir de la década de los noventa se ha comenzado a identificarlo como un fenómeno que destruye el ambiente de trabajo, disminuye la productividad y favorece el ausentismo por desgaste psicologico.

 


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