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martes, 24 de octubre de 2023

Tener o Ser en este tiempo, Reflexiones.

 

Más allá de circunstancias propias de su época como la amenaza nuclear o la carrera armamentista, el pensador y psicoanalista Erich Fromm fue suficientemente lúcido para notar que éstas no eran sino expresiones de causas en realidad mucho más profundas y significativas. Es decir, que quizá los líderes de entonces podían firmar acuerdos de desarme o de pacificación, pero mientras no se resolvieran conflictos internos y profundos del ser humano, problemas como la guerra o la devastación de la naturaleza continuarían existiendo.

En ese sentido, Fromm no se equivocó.

Hoy, casi ochenta años después de la publicación de sus obras mayores, es posible decir que su diagnóstico es todavía válido y merece ser tomado en cuenta. Si hacemos eco de sus ideas podemos decir que todavía hoy actitudes como el egoísmo, la compulsión de tener, la pobre idea que el ser humano tiene de sí mismo (en un sentido existencial y filosófico), entre otros aspectos donde se conjugan la formación psicológica y la vida en sociedad, son causas de fondo que aún hoy nos llevan a tener comportamientos nocivos o francamente autodestructivos, tanto a nivel individual como colectivo.

Como decíamos, al hablar del “hombre nuevo” (hombre en un sentido general, como ser humano), Fromm trazó un panorama amplio de las condiciones necesarias para generar un cambio auténtico en la forma de vida humana y, con ello, mejorar significativamente nuestra relación con el mundo, la naturaleza y con el planeta en general. Según Fromm, si el ser humano quiere no sólo sobrevivir, sino además convivir en armonía con su entorno (con sus semejantes y con la naturaleza), está llamado a desarrollar y cultivar las siguientes cualidades:

ü  Disposición a renunciar a todas las formas de tener, para poder ser plenamente. 

 

ü Sentir seguridad, tener un sentimiento de identidad y confianza basado en la fe en lo que uno es, en la necesidad de relacionarse, interesarse, amar, solidarizarse con el mundo que nos rodea, en vez de basarse en el deseo de tener, poseer, dominar al mundo, y así volverse esclavo de sus posesiones.

 

ü Aceptar el hecho de que nadie ni nada exterior al individuo le da significado a su vida, sino que esta independencia radical y la no cosidad pueden llegar a ser la condición de la actividad plena dedicada a compartir e interesarse por sus semejantes.

 

ü Estar plenamente presente donde uno se encuentra.

 

ü Sentir la alegría que causa dar y compartir, y no acumular y explotar.

 

ü Amar y respetar la vida en todas sus manifestaciones, sabiendo que no es sagrada la cosa ni el poder, ni lo que está muerto, sino la vida y todo lo que contribuye a su desarrollo.

 

ü Tratar de reducir en la mayor medida posible la codicia, el odio y los engaños. 

 

ü Vivir sin adorar ídolos y sin engaños, porque se ha alcanzado una situación en que no se requieren engaños.

 

ü Desarrollar la capacidad de amar, y el pensamiento crítico, no sentimental.

 

ü Desprenderse del narcisismo y aceptar las trágicas limitaciones inherentes a la existencia humana. 

 

ü Hacer del pleno desarrollo de sí mismo y del prójimo la meta suprema de vivir. 

 

ü Saber que para alcanzar esta meta, es necesaria la disciplina y respetar la realidad. 

 

ü Saber que ningún desarrollo es sano si no ocurre en una estructura, pero conocer también la diferencia entre la estructura como atributo de la vida, y el "orden" como atributo de no vivir, de la muerte. 

 

ü Desarrollar la imaginación, no para escapar de las circunstancias intolerables, sino para anticipar las posibilidades reales, como medio para suprimir las circunstancias intolerables. 

 

ü No engañar, pero tampoco dejarnos engañar por los otros; se puede admitir ser llamado inocente, pero no ingenuo. 

 

ü Conocerse, y no sólo el yo que uno conoce, sino también el yo que no conoce, aunque tenga un conocimiento vago de lo que no conoce. 

 

ü Percibir la unión con la vida, y por consiguiente renunciar a la meta de conquistar a la naturaleza, someterla, explotarla, violarla, destruirla, y en vez de esto tratar de comprender y cooperar con la naturaleza. 

 

ü Gozar de una libertad no arbitraria, sino que ofrezca la posibilidad de ser uno mismo, y no un atado de ambiciones, sino una estructura delicadamente equilibrada que en todo momento se enfrenta a la alternativa de desarrollarse o decaer, vivir o morir. 

 

ü Saber que el mal y la destrucción son consecuencias necesarias de no desarrollarse. 

 

ü Saber que sólo muy pocos han alcanzado la perfección en todas esas cualidades, y ser, sin la ambición de "alcanzar la meta", reconociendo que esta ambición sólo es otra forma de codiciar, de tener. 

 

ü Ser feliz en el proceso de vivir cada día más, sin importar el avance que el destino nos permita realizar, porque vivir tan plenamente como se pueda, resulta tan satisfactorio que es difícil preocuparse por lo que uno logra o no. 

Sin duda hay varios de estos postulados que merecerían una exposición mucho más detallada (por ejemplo, los que conciernen al narcisismo o a la obsesión de tener a la que nos orilla el sistema cultural y social en el que vivimos). Para ello recomendamos al lector acercarse a la obra en su conjunto, ¿Tener o ser?, pues estos puntos son en buena medida síntesis o conclusiones provisionales de las ideas desarrolladas en los apartados previos del libro.

Con todo, aun en esta forma es posible vislumbrar el corazón de la propuesta de Fromm. En términos generales puede decirse que Fromm apuesta de lleno y permanentemente por la vida, es decir, por actuar siempre en función de todo aquello que contribuya a la preservación y la proliferación de la vida, tanto de la propia como de la que nos rodea. 

Con espíritu filosófico, Fromm intenta que reconozcamos todos esos hábitos, aspectos de personalidad y patrones mentales y de conducta que únicamente contribuyen a sostener y fomentar ciertas formas de malestar o, dicho de otro modo, que de algún modo entorpecen el flujo libre de la vida. El egoísmo que mencionamos anteriormente, el temor a vivir, el miedo a la libertad, la persistencia en la ignorancia, la sumisión… en fin, la lista puede ser demasiado extensa, pero curiosamente el remedio para todo ello es, desde la perspectiva de Fromm, uno solo: el amor por la vida. 

Si somos capaces de entender en qué consiste realmente la vida –dejando de lado las conceptualizaciones y relatos que el ser humano se ha hecho de ella a lo largo de tantos siglos de existencia parcialmente consciente– quizá entonces nos demos cuenta de que esta es una razón más que suficiente para intentar lo que hasta ahora el miedo nos ha hecho creer imposible: probar nuevas formas humanas de ser y estar en el mundo animadas por el entusiasmo de vivir más y, viviendo, permitir que todo a nuestro alrededor también florezca. 

 

El texto de Fromm Tener y Ser está disponible en el siguiente enlace:

https://jesuitas.lat/uploads/tener-y-ser/ERICH%20FROMM%20-%201976%20-%20TENER%20Y%20SER.pdf

 

 (Agradecemos a Pijama Surf)

 

La Revolución de la Esperanza, reflexiones sobre la fortaleza humana

 

La revolución de la esperanza, publicado en 1968, es una obra del psicólogo y filósofo humanista Erich Fromm, escrita en plena fiebre de finales de la década de 1960, los años de la “Primavera de Praga”, el Mayo francés y el inicio del movimiento hippie en Estados Unidos, entre otros movimientos sociales, que suscitaron entusiasmo por su espíritu renovador. 

En esa efervescencia, Fromm escribió este ensayo extenso en donde intenta ubicar el lugar que la esperanza tenía en esa época, una palabra especialmente significativa que, sin embargo, en pocos años terminó un tanto mellada.

Sea como fuere, en La revolución de la esperanza Fromm desarrolló algunas de las ideas y temas en torno a la condición humana que más le inquietaron a lo largo de su vida intelectual. Preocupado siempre por el desarrollo pleno del ser humano, Fromm abordó en su obra la manera en que la esperanza contribuye o detiene dicho desarrollo.

En cuanto al elemento que nos ocupa, la fortaleza, Fromm dedicó a esta cualidad uno de los análisis más puntuales y claros del pensamiento humanista en general. 

Como es sabido, la fortaleza posee un importante abolengo en la historia de las corrientes y tradiciones filosóficas, espirituales y de cultivo del ser humano. En el cristianismo, por ejemplo, se le consideró una de las cuatro virtudes cardinales, y en la filosofía, de Aristóteles a los estoicos, se le ha calificado como una de las actitudes más deseables en el ser humano, necesaria para enfrentar los desafíos propios de la existencia.

Fromm, por su parte, alinea la fortaleza junto a la esperanza y la fe y dice de ella que es uno de los elementos que dan estructura a la vida. Ni más ni menos. Y aunque inicialmente el psicólogo prefirió hablar de “coraje” (en el sentido de “valentía”), luego eligió usar el término fortaleza, tomado de Spinoza, para aludir a aquello en la forma de ser de una persona que la lleva a tener valor para vivir. Después de todo, como se ha dicho, hace más falta intrepidez para responder a la vida que para enfrentar la muerte.

Y es justamente en ese sentido que Fromm distingue tres formas de fortaleza. En las dos primeras, una persona parece fuerte para encarar ciertos retos pero sólo porque o no tiene amor por su vida o, en segundo lugar, le teme tanto a un ídolo al cual adora (el “Amo” según Hegel) que se atreve a cualquier cosa con tal de no desobedecerlo. 

En estos dos casos, la fortaleza es más bien ilusoria, pues no se trata de una cualidad inherente a la persona, que le sea auténtica o que sea resultado de su desarrollo, sino que más bien es una reacción circunstancial de miedo a la vida en sí (y los retos que esta presenta): miedo a caminar por sí mismo, miedo de desafiar al Amo, miedo de poner en juego los recursos propios, miedo de arriesgarse… ¿Qué clase de “valentía” puede ser esa?

A estas formas un tanto dudosas de fortaleza Fromm opone una tercera que, como en otros de los conceptos que desarrolla tanto en esta como en otras obras, está en relación directa con el desarrollo pleno del ser humano. Escribe Fromm:

La tercera clase de intrepidez la encontramos en la persona totalmente desarrollada, que descansa en sí misma y ama a la vida. Quien se ha sobrepuesto a la avidez no se adhiere a ningún ídolo o cosa y, por lo mismo, no tiene nada qué perder: es rico porque nada posee, es fuerte porque no es esclavo de sus deseos. Este tipo de persona puede prescindir de ídolos, deseos irracionales y fantasías, porque está en pleno contacto con la realidad, tanto interna como externa. Y cuando ha llegado a una plena "iluminación", entonces es del todo intrépida. Pero si ha avanzado hacia su meta sin haberla alcanzado, su intrepidez no será completa. No obstante, quienquiera que trate de avanzar hacia el estado de ser él mismo plenamente sabe que se produce una inconfundible sensación de fuerza y de alegría en donde fuere que se dé un nuevo paso hacia la osadía. Siente como si hubiera comenzado una nueva fase de la vida. Y de esta suerte podrá experimentar la verdad de la frase de Goethe: "Ich babe mein Haus auf nichts gestellt, deshalb gehórt mir die ganze Welt" ["He puesto mi casa sobre nada, en vista de que el mundo entero me pertenece"].

Como decíamos, la idea de “la persona totalmente desarrollada” a la que alude Fromm en este párrafo atraviesa prácticamente todas sus obras y, en ese sentido, es posible decir que se trata de una noción capital en el pensamiento del autor.

Fromm se refiere a un momento de la existencia al que una persona puede llegar luego de un trabajo consciente y constante sobre sí misma, por medio del cual descubra sus limitaciones y sus posibilidades, la historia de vida que ha dado resultado a lo que es, sus sueños, su deseo, sus temores… en fin, todo aquello que conforma la condición humana. 

Fromm –que en este acercamiento al ser humano sigue la amplia tradición occidental del autoconocimiento que va de Sócrates a Sigmund Freud– defendió en su obra que únicamente cuando una persona se conoce a sí misma alcanza un grado importante de autonomía, pues se da cuenta de que posee los recursos suficientes como ser humano para vivir, en toda la extensión de la palabra: sin depender de otro, sin explotar a otros, sin esperar nada de nadie, con plena conciencia de su finitud, sin temor a la muerte ni al dolor, etcétera. 

Este, por supuesto, es un estado de la existencia que no sólo pocas personas alcanzan, sino que además menos aún se interesan por buscar. Por las condiciones mismas de nuestra especie (en particular la amplia duración de la infancia del ser humano), lo más común es que la gente repita los patrones de dependencia, irracionalidad y angustia en los que se formó, sin preocuparse por romper con ellos y cambiarlos.

Sin embargo, como podemos advertir en el fragmento citado, la única manera de sortear los desafíos de la existencia y salir fortalecidos de ellos es siendo una “persona totalmente desarrollada”. De otro modo, los cambios, las crisis, los imprevistos y, en general, todo aquello que da sustento a la vida, se experimenta con sufrimiento, preocupación, e incluso podría decirse que con torpeza e ignorancia, todo lo cual nos hace padecer las experiencias que vivimos, cuando, por el contrario, estas podrían ser siempre oportunidades de aprendizaje y crecimiento.

(Agradecemos a Pijama Surf)

 

lunes, 23 de octubre de 2023

Confabulación Grupal en el trabajo. Cuándo es acoso moral y cómo superarlo

 


La relación entre el individuo y la sociedad resulta compleja y no son escasos los procesos en los que la lucha por el poder se enmascara mediante fórmulas morales perversas.

En su trabajo de 1998 titulado El acoso moral, la terapeuta Marie-France Hirigoyen presentó un análisis extremadamente clarificador acerca de cómo en nuestro alrededor se destruye a alguien de manera sutil, empleando solamente palabras, insinuaciones, rumores; esto es, mediante una violencia perversa a la que ella denomina “Acoso Moral”, o  mobbing anglosajón. (Según el estudio de la OIT, el término inglés bullying equivale a novatada y se dan cifras de casi el 10%, en tanto que el término mobbing se refiere a persecuciones colectivas sobre un individuo en particular)

Hirigoyen analiza la presencia de este fenómeno en la vida cotidiana, sea en el ámbito privado o en el lugar de trabajo; disecciona en qué consiste, las características del agresor, de la víctima, y también las consecuencias para la víctima y su entorno.

A continuación presento un resumen de sus conceptos sobre acoso moral en el ámbito laboral, y resulta clarificadora su distinción entre acoso y conflicto evidente, así como el papel crucial de individuos perversos en su inicio y desarrollo.

 

Definición de acoso moral

El acoso consiste en una violencia insidiosa, fría, solapada, tanto más peligrosa cuanto que es casi invisible. Se nutre de pequeños ataques repetidos, a menudo sin testigos, a veces no verbales, o ambiguos, por ser susceptibles de doble interpretación. Cada ataque por separado no es verdaderamente grave.

Pero es el efecto acumulativo de estos microtraumatismos frecuentes y repetidos  por parte de un grupo sobre un individuo en particular lo que constituye la agresión.

El grupo procura excluir a una persona de una comunidad privándola poco a poco de su identidad, su papel, su función, su categoría, su imagen, “desintegrándola socialmente”, anulándola simbólicamente.

Hirigoyen aclara que se trata de una noción subjetiva, donde hay que tener en cuenta por un lado la actuación perversa de un grupo de personas y por otro las consecuencias sobre la salud y la dignidad de la víctima.

Todos los medios son buenos para el acosador que busca la destrucción de la persona elegida, aun a riesgo de adoptar comportamientos perjudiciales para los objetivos y los intereses de la organización.

 

¿Quién, cómo y dónde surge?

En el caso del acoso moral en el ámbito laboral, es interesante prestar atención a los mecanismos de la perversión moral que construyen el acoso.

Según Hirigoyen, las víctimas de acoso no son personas afectadas por alguna patología o particularmente débiles.

 Por el contrario, el acoso empieza cuando una víctima reacciona contra el autoritarismo o no se deja avasallar. Su capacidad de resistir a pesar de las presiones es lo que la señala como blanco. 

·         El acoso se vuelve posible porque viene precedido de una descalificación de la víctima por parte del perverso -que el grupo ha aceptado primero, y luego avalará-. Esta depreciación de la víctima justifica posteriormente la crueldad que se ha ejercido contra ella y conduce a pensar que se merece lo que le ocurre” (p.50).

Sin embargo las víctimas no son holgazanas, sino todo lo contrario. A menudo son personas escrupulosas, dedicadas a su trabajo, perfeccionistas, que desean ser impecables. En cierto modo se utiliza un proceso semejante al de la profecía que se cumple a sí misma:

·         “Cuando el proceso de acoso se instaura, la víctima es estigmatizada: se dice que el trato con ella es difícil, que tiene mal carácter, o que está loca. Se considera que su personalidad es la responsable de las consecuencias del conflicto, y

la gente se olvida de cómo era antes o de cómo es en otro contexto

·         . Una vez que a la víctima se la saca de sus casillas, no es extraño que se convierta en lo que pretenden convertirla. Una persona acosada no puede rendir al máximo de sus posibilidades. Presta menos atención, se muestra ineficaz y da pie a que se critique la calidad de su trabajo. Llegados a este punto a los compañeros les resulta fácil separarse de ella, dada su incompetencia o su falta de profesionalidad” (p.51).

 

Las causas pueden ser diversas. Los grupos soportan mal la diferencia: A veces el acoso es suscitado por un sentimiento de envidia respecto de alguien que posee algo que los demás no poseen, o bien entre compañeros por enemistades personales, o como forma de competencia en la que un protagonista intenta destacar a costa del otro.

Entre individuos rivales es legítima una lucha por el poder, pero siempre que se trate de una competición en la que todos tengan su oportunidad.

 

 Resulta clarividente la exposición de Hirigoyen sobre las maniobras perversas de confabulación:

·         “Cuando un individuo perverso entra en un grupo, tiende a reunir a su alrededor a sus miembros más dóciles con la idea de seducirlos. Si un individuo se niega a alistarse, el grupo lo rechaza y lo convierte en chivo expiatorio. De este modo, entre los miembros del grupo, se crea una relación social en torno a la crítica común de la persona aislada, y en torno a los cotilleos y los chismes. En este punto, el grupo ya se halla bajo la influencia del perverso e imita su cinismo y su falta de respeto. No se puede decir que estos individuos hayan perdido todo su sentido moral, pero, al depender de una persona sin escrúpulos, han perdido todo su sentido crítico.

·         Stanley Milgram, un psicólogo social norteamericano, estudió, entre 1950 y 1963, el fenómeno del sometimiento a la autoridad. Su método era el siguiente: 'Una persona acude a un laboratorio de psicología en donde se le ruega que ejecute una serie de acciones que van a entrar progresivamente en conflicto con su conciencia. La cuestión estriba en saber hasta qué punto preciso seguirá las instrucciones del experimentador antes de negarse a ejecutar unas acciones determinadas'. En su conclusión, establece que 'personas normales, carentes de toda hostilidad, pueden convertirse, cuando trabajan, en agentes de un proceso atroz de destrucción'. Christophe Dejours, que habla de la trivialización social del mal, ratifica esta observación. Efectivamente, hay individuos que necesitan una autoridad superior para alcanzar un cierto equilibrio. Los perversos utilizan esta docilidad en su propio beneficio, y la usan también para hacer sufrir a los demás.

·         El objetivo de un individuo perverso es acceder al poder o mantenerse en él -para lo cual utiliza cualquier medio-, o bien ocultar su propia incompetencia. Para ello necesita desembarazarse de todo aquel que pueda significar un obstáculo para su ascensión, y de todo aquel que pueda ver con demasiada lucidez sus modos de obrar” (p.63).

 

 Inicio y retroalimentación del perverso proceso de Confabulación Grupal

 

Se hace necesario distinguir el acoso de los conflictos que surgen en cualquier grupo.

Dentro de cualquier grupo, es habitual que se dé una manifestación de conflictos. Un comentario hiriente en un momento de nervios o de malhumor no es significativo, sobre todo si a continuación se piden disculpas.

Pero es la repetición de las vejaciones, de las humillación, sin que se haga el menor esfuerzo por matizarlas, lo que constituye el fenómeno destructor.

En un primer momento, las personas afectadas no quieren ofenderse y se toman a la ligera las primeras puyas y vejaciones. Luego los ataques se multiplican y la víctima se ve acorralada repetidamente, en situación de inferioridad, sometida a maniobras hostiles y degradantes durante mucho tiempo.

Debido a todas estas agresiones la víctima no se  derrumba inmediatamente pero va perdiendo una parte de sí misma. Cada tarde vuelve a casa sintiéndose usada, humillada, degradada.

Cuesta mucho recuperarse.

Cuando surge el acoso, es como una máquina que se pone en marcha y puede machacarlo todo. El grupo tarda en reconocer un fenómeno que causa espanto, porque es inhumano, sin estado de ánimo y sin piedad.

 

El entorno profesional, por cobardía, por egoísmo o por temor, prefiere mantenerse al margen. Una vez puesto en marcha este tipo de interacción asimétrica y destructora, no hará más que ampliarse a menos que un elemento externo intervenga con energía con el propósito de introducir cambios en el sentido de la trayectoria.

No caben dudas que una situación de violencia perversa suele anestesiar a la víctima, la cual no mostrará entonces más que lo peor de sí misma.

Se trata de un fenómeno circular. De nada sirve en ese caso tratar de averiguar quién ha provocado el conflicto. Incluso se llegan  a olvidar las razones del conflicto, o cómo era la víctima antes de iniciarse la espiral destructiva:

El agresor alimenta comportamientos deliberados encaminados  a provocar ansiedad en la víctima, lo que genera en ella una actitud defensiva, a su vez generadora de nuevas agresiones.

Tras un determinado periodo de evolución del conflicto, se ponen en marcha fenómenos de fobia recíproca: la visión de la persona odiada desencadena una rabia fría en el agresor, la visión del perseguidor provoca en la víctima una reacción de temor. Es un reflejo condicionado agresivo o defensivo.

El temor desencadena en la víctima comportamientos patológicos que servirán de disculpa para justificar retroactivamente la agresión. Muchas veces la víctima reacciona de manera vehemente y confusa.

Cualquier medida que tome, cualquier cosa que haga servirá para que sus perseguidores la vuelvan en su contra.

Después de todo, el objetivo de la maniobra perversa es dejarla desconcertada, inducirla a la confusión total y a cometer equivocaciones.

 

Distinguiendo entre acoso velado y conflicto evidente:

 

Según lo describe Hirigoyen  es preciso no confundir al acoso con el estrés, o con los conflictos que suelen surgir entre las personas.

Lo que distingue el acoso moral del conflicto es el carácter no explicitado del primero.

 

-¿Acoso grupal o estrés por sobrecarga?

Tal como describe Hirigoyen, en el estrés, al contrario de lo que sucede con el acoso, no hay intencionalidad malévola.

No hay que confundir exigencias laborales para optimizar la eficiencia laboral de todo el grupo, del acoso moral que se dirige sobre una persona en particular.

La gestión con estrés a veces genera consecuencias desastrosas para la salud. En cambio, ya hemos visto cómo el acoso moral se dirige específicamente a una persona. Esta violencia no es útil ni a la organización ni a la buena marcha de la empresa y, en último término, produce el resultado contrario.

 

Conflictos

Conviene igualmente distinguir el acoso insidioso de un conflicto en el que se manifiestan los reproches (en cierto modo, se ha declarado la guerra).

Hirigoyen sostiene repetidamente que si hay acoso moral, es precisamente porque no ha conseguido brotar ningún conflicto,  quedando velado y sin explicitar.

 Hirigoyen también señala que es preciso igualmente distinguir el acoso moral de:

- el maltrato por parte de la dirección

- Malas condiciones de trabajo

- Mala gestión de las personas

 Según Hirigoyen el acoso moral encuentra su caldo de cultivo en empresas desorganizadas, mal estructuradas o deprimidas, o empresas indulgentes que cierran los ojos ante tales conflictos, o bien los promueven al definir mal las funciones, tener un clima de organización inestable, o falta de consensos imprescindibles.

 Hirigoyen considera que, aunque el acoso en el ámbito laboral sea un fenómeno tan viejo como el mismo trabajo, sólo a a partir de la década de los noventa se ha comenzado a identificarlo como un fenómeno que destruye el ambiente de trabajo, disminuye la productividad y favorece el ausentismo por desgaste psicologico.

 


sábado, 14 de octubre de 2023

Cómo detectar la Violencia Perversa en vínculos familiares

 





ADVIRTIENDO LAS SEÑALES DE MALTRATO PSICOLÓGICO EN LA VIDA COTIDIANA

 Según la psiquiatra y terapeuta francesa Marie-France Hirigoyen, existe la posibilidad de destruir a alguien sólo con palabras, miradas, mentiras, humillaciones o insinuaciones, un proceso de maltrato psicológico en el que un individuo puede conseguir hacer pedazos a otro. Es a lo que denomina violencia perversa o acoso moral.

Si bien el acoso moral permite describirse dentro de distintos tipos de vínculos (familiares, laborales. o hasta religiosos) en esta oportunidad se resumen aspectos que la Dra Hirigoyen describe dentro de la pareja.

 

El acoso moral propiamente dicho se desarrolla en dos fases: la primera es la fase de seducción perversa por parte del agresor, que tiene la finalidad de desestabilizar a la víctima, de conseguir que pierda progresivamente la confianza en sí misma y en los demás; y la otra, es la fase de violencia manifiesta.

 

El primer acto del depredador siempre consiste en paralizar a su víctima para que no se pueda defender. Pretende mantener al otro en una relación de dependencia o incluso de propiedad para demostrarse a sí mismo su omnipotencia. La víctima, inmensa en la duda y en la culpabilidad, no es capaz de reaccionar.

Todos estos constituyen una serie de comportamientos deliberados por parte del agresor destinados a desencadenar la ansiedad de la víctima, provocando en ella una actitud defensiva, que, a su vez, genera nuevas agresiones.

 

La estrategia perversa no aspira a destruir al otro inmediatamente; prefiere someterlo poco a poco y mantenerlo a su disposición,  conservando el poder para controlarlo. Intenta, de alguna manera, hacer creer que el vínculo de dependencia es irremplazable y que es la víctima quién lo solicita.

Esta perversidad no proviene de un trastorno psiquiátrico, sino de una fría racionalidad que se combina con la incapacidad de considerar a los demás como seres humanos.

 

El acosador utiliza una serie de métodos para desestabilizar al otro, como por ejemplo: burlarse de sus convicciones, ideas o gustos; ridiculizarlo en público; dejar de dirigirle la palabra; ofenderlo delante de los demás; privarlo de cualquier posibilidad de expresarse; mofarse de sus con sus puntos débiles; hacer alusiones desagradables, sin llegar a aclararlas nunca; poner en tela de juicio sus capacidades de juicio y decisión, etc.

 

La agresión propiamente dicha es constante y se lleva a cabo sin hacer ruido, mediante alusiones e insinuaciones, sin que podamos decir en qué momento ha comenzado ni tampoco si se trata realmente de una agresión. Se presenta continuamente y en forma de pequeños toques que se dan todos los días o varias veces a la semana, durante meses e incluso años. Basta que la víctima revele sus debilidades para que el perverso las explote inmediatamente contra ella.

 

El mensaje de un perverso siempre es voluntariamente vago e impreciso y genera confusión. Son precisamente estas técnicas indirectas las que desconciertan al interlocutor y hacen que éste tenga dudas sobre la realidad de lo que acaba de ocurrir.

 Un verdadero perverso no suelta jamás su presa. Está persuadido de que tiene razón, y no tiene escrúpulos ni remordimientos.

Pero sin duda, el arte en el que el perverso destaca por excelencia es el de enfrentar a unas personas con otras, el de provocar rivalidades y celos. Esto lo puede conseguir mediante esas alusiones que siembran la duda, mediante mentiras que colocan a las personas en posiciones enfrentadas, o simplemente hace correr rumores que, de una manera imperceptible, herirán a la víctima sin que ésta pueda identificar su origen.

El establecimiento del dominio sume a las víctimas en la confusión: o no se atreven a quejarse o no saben hacerlo. Éstas describen un verdadero empobrecimiento, una anulación parcial de sus facultades y una amputación de su vitalidad y de su espontaneidad. Aunque sientan que son objeto de una injusticia, su confusión es tan grande que no tienen ninguna posibilidad de reaccionar.

 

A la hora de afrontar lo que les pasa, las víctimas se sienten solas. ¿Cómo hablar de ello a personas ajenas a la situación? ¿Cómo describir una mirada cargada de odio o una violencia que tan sólo aparece en lo que se sobreentiende y en lo que se silencia?

 

 

En cambio, la fase de odio o violencia, empieza con toda claridad cuando la víctima reacciona e intenta obrar en tanto que sujeto y recuperar un poco de libertad. A partir de este momento abundarán los golpes bajos y las ofensas, así como  palabras que rebajan,  humillan y  convierten en burla todo lo que pueda ser propio de la víctima.

En esta etapa el perverso puede intentar que su víctima actúe contra él para poder acusarla de malvada y violenta. Lo importante siempre es que la víctima parezca responsable de lo que ocurre. Ésta al principio se justifica, y luego se da cuenta de que cuanto más se justifica, más culpable parece.

 

Vencer a este tipo de perversos, o esperar que cambien es prácticamente imposible. En todo caso, la víctima debe analizar el problema "fríamente", empezando por dejar de lado la cuestión de culpabilidad.

Para ello primero debe abandonar su ideal de tolerancia absoluta y empezar a reconocer que alguien a quien ama presenta un trastorno de personalidad que resulta peligroso para ella y que debe protegerse.

 

Otro de los pasos esenciales consiste en dejar de justificarse. Todas las cosas que hagamos o digamos el perverso tiene la rara habilidad de volverlas en contra nuestra.

 

También la víctima debe estar prevenida que  cualquier cambio de actitud tenderá a provocar un aumento de las agresiones y de las provocaciones. El perverso, convencido de que tiene la razón tratará siempre de culpabilizarnos, por lo que esperar un cambio de actitud por parte de él es prácticamente imposible.

 

Y bastante ingenuo por cierto