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domingo, 21 de febrero de 2016

Mala Praxis Científica I - La búsqueda de un criterio de demarcación



Hola amigos. Hoy comienzo a compartir con ustedes la serie sobre fraude científico que fuera realizada por Joaquín Sevilla, doctor en ciencias físicas especializado en enseñar aspectos básicos de investigación.
Como el mismo Sevilla aclaró,  la serie “Fraude científico” tuvo su origen en  lecciones que impartiera durante el curso “Los demonios de la ciencia: Educando en (con)ciencia” organizado por  la Cátedra de Cultura Científica dentro del programa de 2015 de los Cursos de Verano de la UPV/EHU en San Sebastián, España.
También advierto que y tal como  como el autor reconoce, debido a que encontramos una suerte de continuum entre una simple “burrada” (experiencia por la que ha atravesado todo científico que se precie) y el fraude descarado, me he tomado la libertad de titular en mi blog la serie de Sevilla como “Mala praxis científica”, aunque por supuesto, mantenga y respete los títulos originales para desarrollarlos con cada entrada de mi blog.
En esta primera parte de la serie, Sevilla introduce el cuestionamiento sobre ciertas representaciones de Verdad y Honradez respecto de la vaca sagrada de la Ciencia donde el fraude científico es más común de lo que muchos están dispuestos a reconocer, por lo que pasa a citar varios casos conocidos y de los que poco se habla.
Y es que abordar un proyecto de ciencia exitoso requiere mucho estudio y trabajo.
En esta primera entrega, Sevilla describe lo que considera que es la raíz del problema:
“Lamentablemente no existe un método científico normativo que proporcione una certificación, un criterio de demarcación definido entre lo que es científico y lo que no lo es… no disponemos de ninguna criba que nos separe el grano de la paja: la ciencia bien hecha de la que se ha generado con mala praxis”
Personalmente tuve ocasión de familiarizarme desde el principio de mi carrera con el desafío que representaba para todo estudiante de antropología poder recortar un problema social y desarrollar un  problema de investigación que mereciera culminar en una tesis de licenciatura exitosa. En esos años no se había establecido aún cierta correlatividad para las materias de grado, por lo que resultaba habitual que compartiéramos asignaturas con estudiantes que estaban a punto de completar la carrera y aún no habían encontrado tema para especializarse y menos aún pensado su tesis.
“Es tan difícil” era la frase que escuchaba vez tras vez. Resultaba habitual que muchos estudiantes que no pudieron integrarse en algún equipo de investigación que correspondiera con sus intereses, optaran por la salida más digna: hacer las materias didácticas para recibirse como profesores y después con tranquilidad y título en mano dedicarse a pensar en desarrollar una tesis.
Sin embargo para mí estuvo claro desde esas primeras charlas de pasillo que una cosa era ser Antropóloga y otra muy diferente ser Profesora de antropología, la misma distancia que se abre entre HACER CIENCIA y limitarse a REPRODUCIRLA. 
Además, si desde el principio hubiera querido ser profesora de antropología me hubieran bastado tres años en el Instituto Joaquín V. González, en lugar de pasar por el CBC y los más de diez años efectivos que lleva en promedio cumplir con los requisitos de las materias correspondientes a la carrera de Ciencias Antropológicas. Sin duda, y al menos para mí “Ser Antropóloga” ofrecía un entrenamiento y una praxis bastante diferente que ser Profesora de antropología, de manera tal que el problema de la Epistemología [i] de la Tesis emergió entre mis intereses iniciales: casi sin darme cuenta me encontré realizando el ejercicio cotidiano de pensar, imaginar y comentar con mis compañeros diferentes temas que merecieran desarrollarse en una propuesta original. Por supuesto, muchos abordajes imaginados quedaron en el camino, pero estoy convencida que  proporcionaron un entrenamiento valioso.
Luego de varios años de lo que llamaba jocosamente “desvaríos intelectuales” aún recuerdo la enorme satisfacción que me proporcionó encontrar  un tema (luego de muchas lecturas y escrituras así como de relecturas y reescrituras) donde finalmente confluyeran mis intereses vitales: desarrollar un modelo formal sobre la Ecología de la Mente de Gregory Bateson que articulara con los novedosos avances de  Neurociencias de la Ética según Antonio Damasio de manera que tal que el modelo siguiera con rigor los principios de la Teoría General de Sistemas según Bertalanffy. Y por supuesto, luego de diseñarlo y desarrollarlo, demostrar su operatividad aplicándolo sobre un caso dado. (ver Salvetti 2013 entre las referencias bibliográficas al pie)
Pero tuvieron que pasar más diez años de búsqueda y cavilaciones para que encontrara mi veta.
No fue sencillo.
O como reza una frase que está de moda, sin duda alguna les puedo asegurar que “No fue Magia”.

Que disfruten de la serie
                                                                                        Vivina Salvetti

Fraude científico (I) - Una primera aproximación
Por Joaquín Sevilla
De vez en cuando salta a los medios de comunicación un caso de fraude científico y siempre resulta sorprendente. Claro que sabemos que las personas que se dedican a la ciencia son humanas y por tanto sujetas a las mismas debilidades que cualquier otra persona, pero hay cierto tipo de debilidades que resultan especialmente incómodas. Nos resulta especialmente repulsivos las violaciones relacionadas con la profesión del delincuente: un pirómano de profesión bombero, un delincuente sexual sacerdote o, el caso que nos ocupa, un mentiroso de profesión científico.



Figura 1. Desde Ptolomeo hasta este mismo año, pasando por casos clásicos como el “hombre de Pitdown”, el fraude científico ha existido siempre.


El fraude científico existe, existe desde siempre y hay casos entre los científicos más famosos. Hay fundadas sospechas de que Ptolomeo hizo pasar por suyos datos astronómicos que en realidad eran de Aristarco de Samos ([i]). Recientemente ha ingresado en prisión Dong-Pyou Han, un investigador en vacunas, condenado por inventar datos en experimentos sobre la vacuna contra el VIH  ([ii] [iii] )Los casi 2000 años que separan estos sucesos han estado salpicados de otros muchos casos. Parece ser que Millikan eliminaba de su cuaderno de laboratorio las observaciones que no le interesaban, Mendel y sus guisantes también han resultado polémicos, incluso hay dudas sobre si Galileo realizó realmente los experimentos que relata en sus textos. Hay casos clásicos, como el del hombre de Piltdown, un fósil que se hizo pasar por el eslabón perdido en la evolución entre el hombre y el mono cuando realmente era un engendro creado con trozos de cráneo humano y de chimpancé (Kuper 1996 [iv]). Hay multitud de casos bien documentados, así como diversas compilaciones (Trocchio 1993,  Schulz y Katime 2003)
Repuestos de la sorpresa inicial y convencidos de que de vez en cuando aparecen casos de fraude científico, el siguiente paso es suponer que esos casos son relativamente anecdóticos. Probablemente se trate de unas pocas manzanas podridas en un ambiente fundamentalmente honesto. Sin embargo la evidencia empírica parece dejar claro que no es este el caso. Según algunos estudios [v]  un tercio de los científicos admite realizar algún tipo de malas prácticas y uno de cada 50 admite falsificar o inventar resultados, una de las peores prácticas imaginables.
Estos resultados están en la misma línea de otros publicados con anterioridad (Fanelli 2009) en los que se elevaba al 72% el nivel de incidencia de algún tipo de malas prácticas científicas. Es interesante notar que cuando se pregunta por las malas prácticas que uno conoce de los compañeros los números salen bastante más altos que cuando se pregunta por las propias.
Con independencia de los detalles finos, este tipo de estudios deja claro que el modelo de unas pocas manzanas podridas en un entorno fundamentalmente honesto no se sostiene. Unas prácticas en las que incurre entre el 66% y el 72% de un grupo no se pueden considerar una rareza; esos números más bien sugieren que estamos más ante una característica que ante una enfermedad. Sin embargo, habrá quien piense que no puede haber una zona de incertidumbre tan grande ya que la ciencia bien hecha sigue un proceso establecido bien definido como es el método científico. Según esa imagen el método científico es como una máquina de hacer chorizos que, si se alimenta con el material adecuado (observaciones y experimentos) y se le da vueltas correctamente a la manivela (hipótesis, deducción, comparación, y vuelta al comienzo), lleva inexcusablemente al resultado deseado: conocimiento científico certificado. Esa visión del método científico es demasiado simplista y fundamentalmente incorrecta.




Figura 2. Modelo naïve (o naif) del método científico ejemplificado con una máquina de hacer chorizos. Según el modelo, dándole vueltas al ciclo de la hipótesis, deducción, comparación con el experimento, se obtiene conocimiento científico certificado. Tal método no existe.


Lamentablemente no existe un método científico normativo que proporcione una certificación, un criterio de demarcación definido entre lo que es científico y lo que no lo es  (ver López 2014) Tampoco se puede recurrir a otros criterios sencillos del tipo “es ciencia lo que haya sido publicado en revistas de alta calidad con revisión por pares”. Los pares que revisan los artículos vigilan un cierto tono general de sensatez de lo que se publica pero no repiten con sistemática los resultados propuestos para publicación. De hecho, como veremos más adelante, se publican por estos cauces “oficiales” de la ciencia multitud de errores y falsedades.
Queda pues planteado el problema, no disponemos de ninguna criba que nos separe el grano de la paja: la ciencia bien hecha de la que se ha generado con mala praxis. Por otro lado, comportamientos calificables como mala praxis en algún sentido u otro afectan a la mayoría absoluta de los científicos. Para comprender como es esto posible, y por qué no elimina la validez de la ciencia (o en qué medida si lo hace) necesitamos un modelo más complejo de la actividad científica y de la mala praxis en la misma. Esto es lo que se pretende desarrollar en los próximos capítulos de esta miniserie sobre el fraude científico.

Referencias:
Fanelli Daniele (2009) “How Many Scientists Fabricate and Falsify Research? A Systematic Review and Meta-Analysis of Survey Data” Disponible en http://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371/journal.pone.0005738
Schulz Pablo y Katime Issa (2003) Los fraudes científicosRevista Iberoamericana de polímeros Vol 4(2), Abril 2003
Tomé, César  (2014) “Ni las teorías son falsables, ni existe el método científico” Conferencia del 2 de octubre de 2014. Disponible en el sitio http://edocet.naukas.com/2014/10/02/ni-las-teorias-cientificas-son-falsables-ni-existe-el-metodo-cientifico/
Trocchio, Federico di (1993) Las Mentiras de la Ciencia. Editorial Alianza




[i]  Astronomy & Geophysics (April-May 1997) Vol .38 (2): 24-27. Oxford Journals
[ii]  Sevilla remite a la revista Nature  de julio 2015, pp.138,139
[iii] Ex-scientist sentenced to prison for academic fraud” (USA Today July 1, 2015) Es interesante como en este titular “expulsan” al condenado de la profesión de científico, como si el fraude fuera incompatible con el título de “científico”.
[iv] Entre las referencias originales respecto del hombre de Piltdown, Sevilla dirige a la Wikipedia. Debido a la libertad que tal sitio permite respecto de los contenidos, me atrevo a añadir como fuente de material el texto de Kuper donde el antropólogo describe detalladamente la historia del caso.



[i] Epistemología: Rama de la filosofía que distingue lo que es ciencia de lo que no lo es.

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