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viernes, 5 de junio de 2015

Acoso Moral - Extracto del libro de MF Hirigoyen, por Vivina Perla Salvetti


  • ¿Qué es exactamente el “Acoso moral”?
  • ¿Quién la inicia y cuándo deviene en Confabulación Grupal Perversa?
  • ¿Bajo qué circunstancias y cuáles son los oscuros intereses dominantes se genera un pequeño foco de malestar grupal contra una persona particular y  retroalimentan un problema de proporciones tales que ningún profesional (médico, jurídico  u otro) socorre o defienda a la víctima debido al grave riesgo de terminar  gravemente involucrado o afectado,  sometiendo a la víctima al más absoluto aislamiento e indefensión?
  • ¿Cómo se llega al punto en que toda búsqueda de justicia legítima por parte de la víctima consiga adquirir la apariencia de delito?
  • ¿Cómo distinguir entre una enfermedad psiquátrica previa por parte de la víctima y los desbordes convenientemente provocados a posteriori por el Grupo perverso tendientes a destruir la dignidad de la víctima con el claro objeto por parte del grupo delictivo de conseguir impunidad? 

Del Acoso Moral, a la Confabulación Grupal
Extracto del análisis propuesto por  Marie-France Hirigoyen

La relación entre el individuo y la sociedad resulta compleja y no son escasos los procesos en los que la lucha por el poder se enmascara mediante fórmulas morales perversas.
En su trabajo de 1998 traducido como  El acoso moral, la terapeuta Marie-France Hirigoyen presentó un análisis extremadamente clarificador acerca de cómo en nuestro alrededor se puede destruir a alguien de manera sutil, empleando solamente palabras, insinuaciones, rumores; esto es, mediante una violencia perversa que se ha traducido como “Acoso Moral”, al  mobbing anglosajón.

(Según el estudio de la OIT, el término inglés bullying equivale a novatada y se dan cifras de casi el 10%, en tanto que el término mobbing se refiere a persecuciones colectivas sobre un individuo en particular)

Personalmente  y atendiendo al término anglosajón inicial,(mobbing) me parece más adecuado el término de Confabulación Grupal manifiesta en diferentes grados de violencia
Hirigoyen analiza la presencia de este fenómeno en la vida cotidiana, ya fuera en el ámbito privado o en el lugar de trabajo.
El análisis disecciona en qué consiste tal acoso, fuertemente condicionado por las características del agresor y de la víctima, así como también las consecuencias reales para la víctima y su entorno.


A continuación presento un resumen de sus conceptos sobre el fenómeno traducido al español como Acoso Moral, donde resulta iluminadora:

  • Distinción entre acoso, conflicto de personalidades y confabulación grupal
  • El papel crucial de líderes perversos en su inicio y desarrollo.


Definición de acoso moral
El acoso consiste en una violencia insidiosa, fría, solapada, tanto más peligrosa cuanto que es casi invisible. Se nutre de pequeños ataques repetidos, a menudo sin testigos, a veces no verbales, o ambiguos, por ser susceptibles de doble interpretación. Cada ataque por separado no es verdaderamente grave.
Pero es el efecto acumulativo de estos microtraumatismos frecuentes y repetidos  por parte de un grupo sobre un individuo en particular lo que constituye la agresión.

El grupo procura excluir a una persona de una comunidad privándola poco a poco de su identidad, su papel, su función, su categoría, su imagen, “desintegrándola socialmente”, anulándola simbólicamente.

Hirigoyen aclara que se trata de una noción subjetiva, donde hay que tener en cuenta por un lado la actuación colectiva perversa  y por otro las consecuencias individuales sobre la salud y la dignidad de la víctima.

Todos los medios son buenos para el acosador que busca la destrucción de la persona elegida, aun a riesgo de adoptar comportamientos perjudiciales para los objetivos y los intereses de la organización.



¿Quién, cómo y dónde surge? 
Mecanismos de perversión moral

En el caso del acoso moral en el ámbito laboral, es interesante prestar atención a los mecanismos de la perversión moral que construyen el acoso.
Según Hirigoyen, las víctimas de acoso no son personas afectadas por alguna patología o particularmente débiles.
 Por el contrario, el acoso empieza cuando una víctima reacciona contra el autoritarismo o no se deja avasallar. Su capacidad de resistir a pesar de las presiones es lo que la señala como blanco. 
  • El acoso se vuelve posible porque viene precedido de una descalificación de la víctima por parte del perverso -que el grupo ha aceptado primero, y luego avalará-. Esta depreciación de la víctima justifica posteriormente la crueldad que se ha ejercido contra ella y conduce a pensar que se merece lo que le ocurre” (p.50).
Sin embargo las víctimas no son holgazanas, sino todo lo contrario. A menudo son personas escrupulosas, dedicadas a su trabajo, perfeccionistas, que desean ser impecables. En cierto modo se utiliza un proceso semejante al de la profecía que se cumple a sí misma:
  • “Cuando el proceso de acoso se instaura, la víctima es estigmatizada: se dice que el trato con ella es difícil, que tiene mal carácter, o que está loca. Se considera que su personalidad es la responsable de las consecuencias del conflicto, y la gente se olvida de cómo era antes o de cómo es en otro contexto. Una vez que a la víctima se la saca de sus casillas, no es extraño que se convierta en lo que pretenden convertirla. Una persona acosada no puede rendir al máximo de sus posibilidades. Presta menos atención, se muestra ineficaz y da pie a que se critique la calidad de su trabajo. Llegados a este punto a los compañeros les resulta fácil separarse de ella, dada su incompetencia o su falta de profesionalidad” (p.51).

Las causas pueden ser diversas. Los grupos soportan mal la diferencia: A veces el acoso es suscitado por un sentimiento de envidia respecto de alguien que posee algo que los demás no poseen, o bien entre compañeros por enemistades personales, o como forma de competencia en la que un protagonista intenta destacar a costa del otro.
Hirigoyen aclara que entre individuos rivales es legítima una lucha por el poder, siempre que se trate de una competición en la que todos tengan su oportunidad.


Resulta clarividente la exposición de Hirigoyen sobre las maniobras perversas:
  • “Cuando un individuo perverso entra en un grupo, tiende a reunir a su alrededor a sus miembros más dóciles con la idea de seducirlos. Si un individuo se niega a alistarse, el grupo lo rechaza y lo convierte en chivo expiatorio. De este modo, entre los miembros del grupo, se crea una relación social en torno a la crítica común de la persona aislada, y en torno a los cotilleos y los chismes. En este punto, el grupo ya se halla bajo la influencia del perverso e imita su cinismo y su falta de respeto. No se puede decir que estos individuos hayan perdido todo su sentido moral, pero, al depender de una persona sin escrúpulos, han perdido todo su sentido crítico.
  • Stanley Milgram, un psicólogo social norteamericano, estudió, entre 1950 y 1963, el fenómeno del sometimiento a la autoridad. Su método era el siguiente: 'Una persona acude a un laboratorio de psicología en donde se le ruega que ejecute una serie de acciones que van a entrar progresivamente en conflicto con su conciencia. La cuestión estriba en saber hasta qué punto preciso seguirá las instrucciones del experimentador antes de negarse a ejecutar unas acciones determinadas'. En su conclusión, establece que 'personas normales, carentes de toda hostilidad, pueden convertirse, cuando trabajan, en agentes de un proceso atroz de destrucción'. Christophe Dejours, que habla de la trivialización social del mal, ratifica esta observación. Efectivamente, hay individuos que necesitan una autoridad superior para alcanzar un cierto equilibrio. Los perversos utilizan esta docilidad en su propio beneficio, y la usan también para hacer sufrir a los demás.
  • El objetivo de un individuo perverso es acceder al poder o mantenerse en él -para lo cual utiliza cualquier medio-, o bien ocultar su propia incompetencia. Para ello necesita desembarazarse de todo aquel que pueda significar un obstáculo para sus propósitos, y de todo aquel que pueda ver con demasiada lucidez sus modos de obrar” (p.63).


Inicio y retroalimentación del perverso proceso de Acoso

Se hace necesario distinguir el acoso de los conflictos que surgen en cualquier grupo.
Dentro de cualquier grupo, es habitual que se dé una manifestación de conflictos. Un comentario hiriente en un momento de nervios o de malhumor no es significativo, sobre todo si a continuación se piden disculpas.
Pero es la repetición de las vejaciones, de las humillación, sin que se haga el menor esfuerzo por matizarlas, lo que constituye el fenómeno destructor.
En un primer momento, las personas afectadas no quieren ofenderse y se toman a la ligera las primeras puyas y vejaciones. Luego los ataques se multiplican y la víctima se ve acorralada repetidamente, en situación de inferioridad, sometida a maniobras hostiles y degradantes durante mucho tiempo.
Debido a todas estas agresiones la víctima no se  derrumba inmediatamente pero va perdiendo una parte de sí misma. Cada tarde vuelve a casa sintiéndose usada, humillada, degradada.
Cuesta mucho recuperarse.
Cuando surge el acoso, es como una máquina que se pone en marcha y puede machacarlo todo. El grupo tarda en reconocer un fenómeno que causa espanto, porque es inhumano, sin estado de ánimo y sin piedad.
 El entorno profesional, por cobardía, por egoísmo o por temor, prefiere mantenerse al margen. Una vez puesto en marcha este tipo de interacción asimétrica y destructora, no hará más que ampliarse a menos que un elemento externo intervenga con energía con el propósito de introducir cambios en el sentido de la trayectoria.
No caben dudas que una situación de violencia perversa suele anestesiar a la víctima, la cual no mostrará entonces más que lo peor de sí misma.
Se trata de un fenómeno circular. De nada sirve en ese caso tratar de averiguar quién ha provocado el conflicto. Incluso se llega  a olvidar la causa inicial del conflicto, o cómo era la víctima antes de iniciarse la espiral destructiva:
El agresor alimenta comportamientos deliberados encaminados  a provocar ansiedad en la víctima, lo que genera en ella una actitud defensiva, a su vez generadora de nuevas agresiones.
Tras un determinado periodo de evolución del conflicto, se ponen en marcha fenómenos de fobia recíproca: la visión de la persona odiada desencadena una rabia fría en el agresor, la visión del perseguidor provoca en la víctima una reacción de temor. Es un reflejo condicionado agresivo o defensivo.
El temor desencadena en la víctima comportamientos patológicos que servirán de disculpa para justificar retroactivamente la agresión. Muchas veces la víctima reacciona de manera vehemente y confusa.
Cualquier medida que tome, cualquier cosa que haga servirá para que sus perseguidores la vuelvan en su contra.
Después de todo, el objetivo de la maniobra perversa es dejarla desconcertada, inducirla a la confusión total y a cometer equivocaciones.
No son pocos los casos que tal maniobra perversa condujo al desesperado suicidio de la víctima.




Distinguiendo entre acoso velado y conflicto evidente:
 Según lo describe Hirigoyen  es preciso no confundir al acoso con el estrés, o con los conflictos que suelen surgir entre las personas.
Lo que distingue el acoso moral del conflicto es el carácter no explicitado del primero.

¿Acoso grupal o estrés por sobrecarga?
Tal como describe Hirigoyen, en el estrés, al contrario de lo que sucede con el acoso, no hay intencionalidad malévola.
No hay que confundir exigencias laborales para optimizar la eficiencia laboral de todo el grupo, del acoso moral que se dirige sobre una persona en particular.
La gestión con estrés a veces genera consecuencias desastrosas para la salud. En cambio, ya hemos visto cómo el acoso moral se dirige específicamente a una persona. Esta violencia no es útil ni a la organización ni a la buena marcha de la empresa y, en último término, produce el resultado contrario.

Conflictos
Conviene igualmente distinguir el acoso insidioso de un conflicto en el que se manifiestan los reproches (en cierto modo, se ha declarado la guerra).
Hirigoyen sostiene repetidamente que si hay acoso moral, es precisamente porque no ha conseguido brotar ningún conflicto,  quedando velado y sin explicitar.
 Hirigoyen también señala que es preciso igualmente distinguir el acoso moral de:
- el maltrato por parte de la dirección
- Malas condiciones de trabajo
- Mala gestión de las personas
 Según Hirigoyen el acoso moral encuentra su caldo de cultivo en empresas desorganizadas, mal estructuradas o deprimidas, o empresas indulgentes que cierran los ojos ante tales conflictos, o bien los promueven al definir mal las funciones, tener un clima de organización inestable, o falta de consensos imprescindibles.
Hirigoyen considera que, aunque el acoso en el ámbito laboral sea un fenómeno tan viejo como el mismo trabajo, sólo a a partir de la década de los noventa se ha comenzado a identificarlo como un fenómeno que destruye el ambiente de trabajo, disminuye la productividad y favorece el ausentismo por desgaste psicologico.




EL MALTRATO PSICOLÓGICO EN LA VIDA COTIDIANA
 Según la psiquiatra y terapeuta francesa Marie-France Hirigoyen, existe la posibilidad de destruir a alguien sólo con palabras, miradas, mentiras, humillaciones o insinuaciones, un proceso de maltrato psicológico en el que un individuo puede conseguir hacer pedazos a otro. Es a lo que denomina violencia perversa o acoso moral.
El primer acto violento siempre consiste en paralizar a su víctima para que no se pueda defender. Pretende mantener al otro en una relación de dependencia o incluso de propiedad para demostrarse a sí mismo su omnipotencia. La víctima, inmensa en la duda y en la culpabilidad, no es capaz de reaccionar.
Todos estos constituyen una serie de comportamientos deliberados por parte del agresor destinados a desencadenar la ansiedad de la víctima, provocando en ella una actitud defensiva, que, a su vez, genera nuevas agresiones.
Se trata de una estrategia perversa no aspira a destruir al otro inmediatamente; prefiere someterlo poco a poco y mantenerlo a su disposición,  conservando el poder para controlarlo. Intenta, de alguna manera, hacer creer que el vínculo de dependencia es irremplazable y que es la víctima quién lo solicita.
Esta perversidad no proviene de un trastorno psiquiátrico, sino de una fría racionalidad que se combina con la incapacidad de considerar a los demás como seres humanos.
El acosador utiliza una serie de métodos para desestabilizar al otro, como por ejemplo: burlarse de sus convicciones, ideas o gustos; ridiculizarlo en público; dejar de dirigirle la palabra; ofenderlo delante de los demás; privarlo de cualquier posibilidad de expresarse; mofarse de sus con sus puntos débiles; hacer alusiones desagradables, sin llegar a aclararlas nunca; poner en tela de juicio sus capacidades de juicio y decisión, etc.
 La agresión propiamente dicha es constante y se lleva a cabo sin hacer ruido, mediante alusiones e insinuaciones, sin que podamos decir en qué momento ha comenzado ni tampoco si se trata realmente de una agresión. Se presenta continuamente y en forma de pequeños toques que se dan todos los días o varias veces a la semana, durante meses e incluso años. Basta que la víctima revele sus debilidades para que el perverso las explote inmediatamente contra ella.
 El mensaje de un perverso siempre es voluntariamente vago e impreciso y genera confusión. Son precisamente estas técnicas indirectas las que desconciertan al interlocutor y hacen que éste tenga dudas sobre la realidad de lo que acaba de ocurrir.
 Un verdadero perverso no suelta jamás su presa. Está persuadido de que tiene razón, y no tiene escrúpulos ni remordimientos.
Pero sin duda, el arte en el que el perverso destaca por excelencia es el de enfrentar a unas personas con otras, el de provocar rivalidades y celos. Esto lo puede conseguir mediante esas alusiones que siembran la duda, mediante mentiras que colocan a las personas en posiciones enfrentadas, o simplemente hace correr rumores que, de una manera imperceptible, herirán a la víctima sin que ésta pueda identificar su origen.
El establecimiento del dominio sume a las víctimas en la confusión: o no se atreven a quejarse o no saben hacerlo. Éstas describen un verdadero empobrecimiento, una anulación parcial de sus facultades y una amputación de su vitalidad y de su espontaneidad. Aunque sientan que son objeto de una injusticia, su confusión es tan grande que no tienen ninguna posibilidad de reaccionar.
 A la hora de afrontar lo que les pasa, las víctimas se sienten solas. ¿Cómo hablar de ello a personas ajenas a la situación? ¿Cómo describir una mirada cargada de odio o una violencia que tan sólo aparece en lo que se sobreentiende y en lo que se silencia?
 En cambio, la fase de odio o violencia, empieza con toda claridad cuando la víctima reacciona e intenta obrar en tanto que sujeto y recuperar un poco de libertad. A partir de este momento abundarán los golpes bajos y las ofensas, así como  palabras que rebajan,  humillan y  convierten en burla todo lo que pueda ser propio de la víctima.
En esta etapa el perverso puede intentar que su víctima actúe contra él para poder acusarla de malvada y violenta. Lo importante siempre es que la víctima parezca responsable de lo que ocurre. Ésta al principio se justifica, y luego se da cuenta de que cuanto más se justifica, más culpable parece.
 Vencer a este tipo de perversos, o esperar que cambien es prácticamente imposible. En todo caso, la víctima debe analizar el problema "fríamente", empezando por dejar de lado la cuestión de culpabilidad.
Para ello primero debe abandonar su ideal de tolerancia absoluta y empezar a reconocer que alguien a quien ama presenta un trastorno de personalidad que resulta peligroso para ella y que debe protegerse.
 Otro de los pasos esenciales consiste en dejar de justificarse. Todas las cosas que hagamos o digamos el perverso cuenta con la rara habilidad de volverlas en contra nuestra.

 También la víctima debe estar prevenida que  cualquier cambio de actitud tenderá a provocar un aumento de las agresiones y de las provocaciones. 
El perverso, convencido de que tiene la razón tratará siempre de culpabilizarnos, por lo que esperar un cambio de actitud por parte de él es prácticamente imposible.
 Y bastante ingenuo por cierto

Bibliografía:

Hirigoyen, Marie-France (1999) El Acoso Moral. Barcelona, Editorial Paidós


Hirigoyen Marie-France (2004) El acoso moral en el trabajo. Conferencia del 17 de septiembre del 2004, en Valencia, subvencionada por  la Agencia europea para la Seguridad y la Salud en el trabajo

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